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Busco un vestido blanco

Por: Juan Pablo Pemberty

Decir “sí” suele ser más complicado de lo que se piensa. Y más aún cuando ese “sí” es para unirse a una persona por el resto de la vida. Después de esta, podría decirse gloriosa aceptación, las mujeres dejan de ser las hijas de sus padres para convertirse en esposas de sus maridos, hecho que se consuma, luego de la ceremonia y la agitada fiesta, para luego entregarse cada uno a ese ser a quien tanto han jurado eterno amor.

Pero para que toda esa aparatosa celebración pueda llevarse a cabo, se requiere mucho tiempo de preparación para antes y después: el anillo de compromiso, los padrinos, las damas de honor, el sitio donde se llevará a cabo la boda, la comida y la bebida para los invitados, los músicos y el lugar para la una de miel, por no incluir el nuevo nido de amor de los novios con decoración y demás. Todo un acontecimiento conforme a la categoría del acto de casarse y cambiar de vida.

Y si no mencionamos al vestido de la novia es porque podría decirse que su elección es una de las decisiones más importantes de la boda. Vestido del que sin duda, la esposa y madre dirá algún día a sus amistades: “es el más costoso que nunca compré a pesar de que, irónicamente, solo vestí una vez en mi vida”, pues terminará en algún baúl, en el desván o en el cuarto útil de alguna casa. Pero no siempre fue así. En el siglo XIX por ejemplo la esposa seguía usando su vestido de boda cuando iba de visita o a eventos especiales para que las personas se dieran cuenta que recién se había casado.

Por otro lado, desde tiempos inmemoriales, el matrimonio no se llevaba a cabo porque el novio estuviera enamorado de la novia o viceversa sino por conveniencia de las familias, que casaban a sus hijos por dinero, para incrementar sus territorios o por poder. El enlace pues, solía sellarse como una transacción económica entre las dos familias y la familia de la novia ofrecía a la familia del novio bienes, dinero y objetos de valor, en tanto que la familia del novio “compraba” a su futura esposa con una dote que incluía piedras preciosas, el anillo de boda, –que la esposa podía vender si enviudaba– y la promesa de mantenerla igual o mejor a como la mantenía su padre.

Los vestidos de novia de la edad media por tratarse de la nobleza –pues las novias de los siervos de gleba ni vestido de novia usaban–, aparte de no ser blancos eran en exceso costosos. Las princesas sucumbían al encanto de las telas caras, que eran teñidas de rojo, morado y negro como símbolo de prosperidad. Las novias del medioevo llevaban largos vestidos de terciopelo, seda de damasco, satín y pieles, y tejidos con hilos de oro y abundantes incrustaciones de diamante y rubíes. Semejante parafernalia tenía su razón de ser puesto que las bodas reales implicaban no solo a personas sino a países y a intereses políticos y territoriales de gran magnitud. En estas bodas las novias llevaban en su vestido un cinturón rojo, usualmente de seda, que simbolizaba aparte de la pasión y la seducción, su entrega como mujer virgen dispuesta a ser desflorada.

La iglesia católica, matriarca del mundo occidental por ese entonces, se encontraba muy preocupada por el bajo índice de matrimonios a causa de los altos costos que una ceremonia como aquella conllevaba, empezando por el vestido de la novia por supuesto. Pero el problema no paraba ahí pues semejante vestido, después de usado, se convertía en un bien despreciable porque terminaba como alimento de las polillas una vez guardado.

Actualmente, en el mundo occidental, la familia de la novia paga por la boda. El novio por su parte le regala a ella el anillo de compromiso y paga su vestido, el cual en muchas ocasiones, puede llegar a costar hasta tres veces su sueldo.

Solo hasta el siglo XIX se dio el primer matrimonio famoso en el que la novia, no solo se casó de blanco, sino que también lo hizo por amor. En 1840, la Reina Victoria I del Reino Unido y tatarabuela de la reina Isabel II del Reino Unido, del rey Juan Carlos I de España y de su consorte la reina Sofía de Grecia, de la reina Margarita II de Dinamarca, del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia y del rey Harald V de Noruega, y llamada por lo mismo la “abuela de Europa”, se casó con su primo carnal el príncipe Alberto. Victoria usó para su boda un sencillo vestido blanco, de encaje blanco, contrario a lo que se esperaba de un miembro de la realeza, rompiendo la tradición y dejando de lado el color plateado que se venía utilizando para los trajes de novia en ese entonces.

La Reina Victoria puso de moda el traje blanco entre las novias que podían permitírselo. Años más tarde sumió a todo el Reino Unido en un tenso negro de luto después de la muerte del príncipe Alberto.

De esta manera se impuso el vestido blanco como un símbolo de castidad, de entrega y de amor. Y desde ese entonces se viene usando para este tipo de ceremonias.

A principios del siglo XX las novias de clase media se casaban con su vestido de los domingos y las adineradas optaban por un traje de alta costura de Charles Frederick Worth. Para esta época un traje de Worth podía costar algo más que el equivalente al salario anual de un obrero.

En los años 20 Gabrielle Bonheur, más conocida como “Coco” Chanel, diseñó vestidos de novia bastante cortos y estilizados. Además, confirmó que el blanco era “el único” color para todas las novias en el día de su boda.

A finales de la década de los años 30 las influencias eduardianas y victorianas regresaron gracias a la película Lo que el viento se llevó y a los vestidos usados por Vivien Leigh en su papel de Scarlett O’Hara.

Al estallar la segunda guerra mundial, en Europa se impuso la silueta estilizada, reflejo fiel de la crisis económica que azotaba al viejo continente. Las novias del Reino Unido no tenían muchas opciones, pero a pesar de vivir de simples cupones de racionamiento el encaje nunca faltó, y las telas de tapicería se convirtieron en un útil material a la hora de confeccionar el vestido blanco. Incluso se llegó a utilizar seda de paracaídas siempre y cuando se tuviera a mano.

Por su parte las novias estadounidenses simplificaron sus trajes, pues vestir algo muy ostentoso era poco patriótico para ese entonces.

Los década de los años 50 fue importante para las novias estadounidenses, pues la clase media de ese país tenía poder adquisitivo y su nivel de vida crecía a pasos agigantados. Las mujeres comenzaron a soñar con una boda de cuento de hadas. Querían todo el romanticismo del siglo XIX, querían casarse con un príncipe azul y que su boda fuera recordada por sus familiares y amigos como la mejor a la que nunca hubieran asistido.

Las novias mas adineradas buscaban cumplir su sueño con los diseños de Cristóbal Balenciaga o Christian Dior; las demás compraban las copias de estos diseños en tiendas de vestidos de novia o por encargo a algún modista.

Por esta época también las grandes bodas comienzan hacerse públicas y a ser transmitidas por televisión y a convertirse en objeto de deseo de publicaciones de farándula.

Se podría decir que la primera gran boda que dio la vuelta al mundo fue la del príncipe Rainero III de Mónaco con la actriz estadounidense Grace Nelly. Esta boda se celebró en 1956 y fue vista por alrededor de 30 millones de personas. En 1968 la unión entre el director de cine Roman Polansky y la en ese entonces modelo Sharon Tate, fue transmitida por radio y televisión y acaparó todas las portadas y primeras páginas de las publicaciones de la época. Pero la boda del príncipe Carlos y de Diana la princesa de Gales, ha sido talvez la más vista y mediatizada de la historia.

La década de los años 80, gracias a sus indulgencias estuvo llena de faldas y de accesorios chillones. Sin embargo, para la industria de las bodas llegó un par de fabulosos antídotos: las colecciones de Rifat Ozbek en 1990, y el lujoso minimalismo de Jill Sander, el cual era blanco de pies a cabeza con varios tonos de dorado.

El nuevo siglo le ha cambiado el ritmo de vida tanto a hombres como a mujeres y para ellas el calor del hogar ya no es el único valor ni el más importante. No obstante, muchas novias sueñan con la boda perfecta y estar vestidas por Valentino, Ellie Saab o Karl Lagerfeld.

Sin embargo y por encima de todo, sin importarles que ese día lleven traje con chaqueta o jeans con una camiseta Basic, el sueño de toda mujer siempre será casarse con su príncipe azul y vivir la vida de un cuento de hadas.

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